Marcel Tidant














XIHU




Tras casi un lustro se rasgó la laguna del Oeste,
escrute mi reflejo oscuro como la amalgama del universo,
me deslicé entre brazadas en la superficie infinitamente quieta,
y me precipite al fondo como un alud de rocas.


Allí, donde lo etéreo se transmuto en sangre densa y pegajosa como brea
que me penetro hasta el más recóndito de mis alveolos
donde escuche un ensordecedor silencio en el epicentro del caos
compacto e invisible como el amor entre los lazos del cosmos.


Mis ojos brillaron incólumes y mis labios se apretaron
mi cuerpo poso para una fotografía expuesta eternamente
y hielo seco se derritió y se escurrió por mis sienes
como la bruma que rasga el estanque más negro del mundo


Abrí todos los cajones y los llené de vacío,
hasta que ni sombra de esperanza quedo dentro
y mi memoria, huyó tras la sombra del viento.


A un aliento de lo etéreo,
en el centro de mi cerebro resonó el rumor del mundo,
sueños primitivos me despertaron entre espasmos,
herencias milenarias de otros que por mí ya fueron,
amor del otro confín.


Desde entonces mis pies se han vuelto pegajosos y lentos
y mi cuerpo ya no es el lugar donde yo vivo,
mi nuevo hogar quedó tan lejos que nunca llegaré.